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¿Existieron las sirenas?

Febrero 22, 2016

En todos los rincones del mundo, hay testimonios de su aparición. La figura de estos seres acuáticos, misteriosos y seductores, constituye una de las creencias más rica en símbolos que existe.

El mito de las sirenas pareció tener más arraigo en la realidad que cualquier otra leyenda. Casi ninguna cultura escapó a su creencia, y la mayoría de los exploradores marinos de viejas épocas afir­man haberse topado con alguna de ellas. Su misterioso encanto ha traspuesto las barreras del tiempo y todavía, entre el mito y la reali­dad, nos sigue seduciendo el eterno cuento de una sirena perdida en el océano.
Las sirenas propiamente dichas nacen en Grecia, pero las tradiciones que le atañen son confusas y discordantes entre sí. Para empezar, el número de sirenas no está muy claro. Homero había hablado de ellas utilizando el dual, soste­niendo que se trataba de una pareja. Sin embargo, en la tradición figurativa y literaria, son generalmente tres; no escasean las excepciones que hablan de cuatro o incluso de ocho sirenas, como hace Platón.
El mismo nombre Seirenes no tiene una etimología segura: puede conectarse con seirà (“cadena, la­ zo”), o con el verbo seirazein (“atar con una cuerda”), ambos con una posible referencia a la cualidad de encantadora o maga. Pero también puede remontarse a sirios (ar­diente, del que también procede Sirio, el astro de la canícula) para aludir a los peligros de la hora Meridiana, cuando el mar tranquilo bajo el sol implacable puede ser más traicionero que el mismo mar en plena tempestad.
La ambigüedad que rodea a esta figura se extiende también a su forma, a sus poderes y aún a su misma existencia. En esta nota, investigamos las fuentes y testimonios que dan cuenta de la evolución de la leyenda.

UNA VEZ FUERON PÁJAROS

Lo que hoy está fijado en el inconsciente colectivo como la forma física de la sirena (cuerpo de mujer, cola de pez), no siempre fue así.
Según las primeras representaciones, eran seres de forma híbrida, pe­ro el componente animal pertenecía al reino de las aves: las sirenas tenían cabeza de mujer y cuerpo de pájaro.
Con el tiempo, se atenuaron las características ornitomorfas, apareciendo los brazos humanos, los senos y luego el busto completo. Al parecer, se cree que en un principio eran completamente humanas y que su transformación en pájaro fue consecuencia de un acontecimiento específico, que varía según las fuentes.
Para Ovidio, las sirenas eran compañeras de juego de Perséfone, con quien estaban cuando el tenebroso Hades la raptó; entonces ellas pidieron a los dioses que las transformaran en pájaros para poder buscar a su compañera por el mar y la tierra.
Según otras versiones, habría sido Deméter quien las habría convertido, como castigo por no haber intentado impedir el rapto de su hija. O bien, habría sido Afrodita, para castigarlas por haber despreciado las alegrías del amor. Lo único cierto es que a pesar de tener alas, perdieron la capacidad de volar en una competencia de canto contra las Musas. Estas últimas, tras vencerlas, irritadas por el orgullo de­ mostrado por las sirenas, las desplumaron.

CANCIONES QUE MATAN

En la cita más antigua que se conoce, y seguramente la más famosa, La Odisea de Homero, no existe una descripción de esta deidad.
En el capítulo XII de esa obra escrita aproximadamente en el siglo VIII antes de Cristo, Ulises, prevenido por la hechicera Circe, para sustraerse a la seducción de las sirenas, ordena a sus marineros taparse sus oídos con cera, mientras que él pide ser atado al mástil del barco. Así pudieron escuchar el canto letal de las sirenas sin peligro y conocer sus armas de seducción, que no se basaban en el sexo, sino en el intelecto y en el conocimiento.
En Las Argonáuticas de Apolonio de Rodas hay un episodio muy poco conocido que alude a las sirenas. Tras haber conquistado el Vellocino de Oro, Jasón y los Argonautas, luego de numerosas aventuras y tras haber recalado también en la mítica isla de Circe, llegaron al Mar de las Sirenas, ante cuyo canto habrían quedado indefensos si Orfeo, el mítico cantor, no hubiese sonado aún más dulcemente que ellas, impidiendo así que todos los marineros se arrojaran al agua para unírseles. Sólo uno de ellos, Bute, sucumbió a la fascinación de las seductoras, pero fue salvado por Afrodita. Según algunas versiones, tras esta afrenta las sirenas se arrojaron desde su peñasco matándose.
Según otras más coherentes, este suicidio habría tenido lugar una generación después, tras el paso de Ulises, el cual constituyó para las sirenas una segunda y, tal vez por ello más grave, afrenta por parte del género humano.

FUENTES Y TESTIMONIOS

Japón tiene a Ningyo, su sirena, imagen que ha adornado netsukes (pequeños relicarios de marfil tallado, muy populares entre los siglos XVII y XIX). Los tibetanos cuentan con una deidad tántrica, a la que representan emergiendo de las aguas y ofreciendo la Perla de la Sabiduría. En nuestro continente, importadas por los nave­ gantes ingleses, españoles y portu­gueses, aparecen en el arte popular de Brasil y México.
Una curiosa guía de la ciudad de Lei­den, cuna de Rembrandt, editada en 1712 cataloga los objetos extraños de un museo: “número 2, Huevo del Es­ trecho de Magallanes, llamado Pingüi­no; número 70, Serpiente de las Indias Occidentales que al moverse hace ruido con la cola (¿una cascabel, quizá?); número 72, Piel de sirena…”. La revista inglesa “The Gen­ tleman’s Magazine”, publi­ca en 1775 un inquietante artículo. Allí, compara a una “sirena expuesta actual­ mente en Londres” con la que “fue exhibida hace algunos años en la feria de St. Germaine”. De esa compara­ ción “se puede deducir que hay dos especies de la misma raza: una parecida a los negros de África y otra a los blancos de Europa”.

MAR, MÚSICA Y MUERTE

En primer lugar emerge con evidencia una relación con el elemento acuático; sus empresas están circunscriptas en los grandes ciclos de viaje, su lugar de residencia es una isla y su ascendencia revela caracteres acuáticos.
Un segundo tema fundamental es el del conocimiento, evidenciado tanto en las palabras que Ulises consigue es­ cuchar como en su presunta descendencia de una de las musas.
Por otra parte, sabemos que el conocimiento de carácter profético es una de las atribuciones constantes de las divinidades marinas; y el hecho de que este saber sea comunicado a través de la música y del canto, induce a pensar que se trata de un conocimiento secreto, iniciático, abierto a pocos. El propio Orfeo, vence­dor de las sirenas, es el iniciador de una religión misteriosa; y su poder de mandar, mediante la música, sobre los ani­males y la naturaleza, nos recuerda que la música te­rrestre es reflejo de otra música, la cósmica, divina, que es al mismo tiempo la ley cósmica, poder creativo y vida. Un tercer aspecto fundamental es la correlación con la muerte: sea me­diante referencias míticas al rapto de Proserpina en los infiernos; sea mediante el mismo comportamiento mortífero de las sirenas que, si no con­ siguen matar, se matan a sí mismas.
Esta correlación con la muerte se evi­dencia sobre todo en su forma más antigua de pájaros con rostro huma­ no, llegada sin duda a través de Egipto, de las representaciones del Ba, el alma pájaro del difunto. Las sirenas griegas se representan muchas veces en sarcófagos, llevando en brazos a una figura humana minúscula que es el alma del difunto.
Estas tres temáticas no se excluyen entre sí. El mar remite por un lado al saber, común a todos los seres del agua, pero por otro lado, tiene estrechos vínculos con la muerte.
Además de ser mortal y peligrosa por sí misma, el agua es también el medio necesario para alcanzar el más allá, tanto si se va hacia una nueva vida (Isla de los Bienaventurados), como hacia la muerte definitiva de los infiernos.